no estoy listo para soltar—
ni para forzarme de vuelta adentro.
quiero probar que puedo cambiar,
para que vos también veas esa transformación.
he aprendido algunas verdades sobre el amor:
cuando el amor de la infancia fue escaso y difícil de hallar,
cada momento de dedos cruzados se siente como arena que escapa—
lo sostenés fuerte, con miedo de que deje de fluir,
y en tu puño, el amor se escurre.
cuando el amor llegó en susurros y en tormentas,
una sonrisa un día, un golpe al siguiente—
te preparás contra su llegada,
te das vuelta, y el amor, desalentado, se aleja en la distancia.
siempre intentábamos cambiarnos el uno al otro—
confundiendo la comodidad con la compatibilidad,
confundiéndonos con la realidad de adentro.
si vos cambiás, quizás me sienta seguro.
si puedo arreglarte, no tengo que enfrentar mis heridas.
si te hago bien, quizás nada en mí esté mal.
temí la pérdida, así que busqué el control.
me dije, te amaré más cuando seas quien necesito.
pero el amor no es un espejo—
es el espacio entre dos verdades.
entonces, ¿qué tal si la dejo ir—
no como rendición, sino como un acto de verdad?
no para borrar el amor que sostuve,
sino para honrar el espacio donde el crecimiento debe respirar.
no todo amor está destinado a quedarse—
pero algunos están destinados a darnos forma,
a enseñarnos a volvernos con ternura
hacia lo que fue, y lo que aún puede ser.
¿qué es el amor, si no ser sostenido—
incluso cuando el cielo se vuelve lluvia?





